miércoles, 6 de octubre de 2010

noir

Leer los siguientes fragmentos:

1
Ahí estábamos los dos tirados sobre el tapete persa, en medio del elegante gran salón tapizado de madera, con un ligero olor a polvo, de ese de casona de abolengo, rodeados por sillones y frente a la cálida chimenea, sin más compañía que el ruido de la lluvia golpeando las ventanas y el frío que se aminoraba con el fuego de la chimenea pero aún erizaba sus pezones. Yo acariciaba su pelo, mientras ella esquivaba mi mirada, por un largo rato la vi con intenciones de decirme algo, balbuceaba algo, pero se arrepentía y solo emitía un leve quejido, yo aprovechaba la breve apertura de sus labios para besarla. Al cuarto intento por fin tomó valor y habló -¿sabes que fui Yo quien la maté, verdad? una leve sonrisa se dibujó en mi rostro y le contesté, -por supuesto, lo supe todo el tiempo, tu responsabilidad era clarísima, ella me miró sorprendida, mientras Yo continuaba -sólo pretendía investigar para darte tiempo para que confesaras, pero nunca pensé que en ese tiempo me enamoraría de tí, y que incluso, justificaría tu crimen (el cual le fue imputado a ese criminal, que pagará sus otros delitos con este). Ella trato de explicarse, de justificarse, pero mi dedo sobre sus labios la silenció -calla princesa, le dije, entiendo tus razones.

2

Las pisadas del policía que me llamó debieron chapotear en la sangre como mis pies chapotean ahora sobre los charcos causados por la intensa lluvia que desde ayer no le daba respiro a esta ciudad podrida. Es de madrugada y sigue lloviendo, el café que tomé después del telefonazo no logró despertarme del todo, y sólo pienso en que , una vez más, voy hacia una escena del crimen. La incandecente punta de mi cigarrillo es la única luz que se alcanza a ver, el frío de la mañana hace que el humo se mezcle con el vapor que sale de mi boca cada que doy un aliento. Llevo puestos el sombrero y la gabardina beiges que siempre llevo a los crímenes sangrientos que ocurren en días lluviosos, me da un aire clásico, me da el toque de Sam Spade que mi profesión necesita, que además ya es un artículo de suerte, siempre que lo uso doy con el asesino, con excepción, claro está del caso del coleccionista de mariposas muertas, pero ese caso no merece recordarse ahora.

3.
Cuando entró en la polvorienta oficina, el anciano lo miró con sus grandes ojos azules, cuyo volumen aumentó por las gruesas gafas que los cubrían, rápido se incorporó en su sillón y me dijó - inspector¡¡ que bueno que llega, por fin tengo los resultados de los estudios que solicito, sobra decirle que son de lo mas interesantes...

Explicación:

Ayer el día estuvo gris y aburrido, mi mente me entretuvo recreando escenas de libros de la novela negra y películas de detectives de los 40s, de esos con gabardina, que son seductores, alcohólicos e inteligentes, a los que a su oficina llega una chica linda, rubia y curvilínea a solicitar su ayuda y protección porque se encuentran indefensas ante una situación escabrosa, entonces me puse a escribir los párrafos, que eran meramente descriptivos, pero se me hace que hubieran sido parte de una película que me gustaría ver. Lamentablemente no tengo pensada una historia, solo los fragmentos que mal que bien me gustaron.

No hay comentarios:

Publicar un comentario